Santo Domingo de Guzmán

Nació en Caleruega España en 1170 dentro de una familia profundamente cristiana. Su padre fue don Félix de Guzmán y su madre la Beata Juana de Aza parientes de reyes castellanos y descendían de los condes-fundadores de Castilla. Su madre lo educó en sus primeros años no solo en conocimientos sino también en la fe. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.

Una famosa señal precedió al nacimiento de Santo Domingo. Su madre vio en sueños el fruto de sus entrañas en forma de un cachorro que, con una antorcha en la boca, salía de su seno para abrasar el mundo. Más tarde comprendió que su hijo sería esa antorcha que encendería el fuego del amor por Jesús en el mundo. 

Cuando Domingo fue presentado en la iglesia para recibir el bautismo, una nueva señal manifestó la grandeza de su predestinación. Su madrina, a quien solamente se le conoce con el nombre de “noble señora”, vio en sueños sobre la frente del bautizado una estrella radiante (es uno de los atributos o símbolos iconográficos de Santo Domingo). Siempre quedó algún vestigio de dicha estrella en la faz de Domingo, y se observó, como particularidad de su fisonomía, cierto esplendor que procedía de su frente y atraía el corazón de cuantos le miraban.

Desde niño en lugar de dormir en su cama lo hacía sobre duras tablas. Su mamá lo encontraba durmiendo en el piso, después de haberlo arropado y dormido en la cama.   

A los 14 años ingresó a la Universidad de Palencia, allí estudio teología. Por ese tiempo hubo una gran hambruna en la ciudad; así que Domingo vendió sus libros y objetos de su casa para darle de comer a los hambrientos, porque decía: “no puede ser que Jesucristo sufra de hambre en los pobres”. Hasta se ofreció venderse de esclavo para obtener dinero y ayudar a los pobres.

A los 25 años se convirtió en sacerdote; era un hombre alegre, de buen humor y de pocas palabras.

Le gustaba leer mucho la Biblia. Sus libros favoritos eran: las cartas de Pablo y el evangelio de San Mateo. Amaba orar y por eso pasaba noches enteras haciéndolo.

Para remediar los males que la ignorancia religiosa producía en la sociedad, en 1215 establece en Tolosa la primera casa de su Orden de Predicadores; pero será un año después, el 22 de diciembre de 1216, cuando el Papa Honorio III confirma la Orden de Frailes Predicadores.

Santo Domingo se entregó por completo a la Evangelización, renunció a las comodidades y vivía predicando en todo momento.

Fue amigo de San Francisco de Asís.

 

Agotado físicamente, tras breve enfermedad, murió el 6 de agosto de 1221, a los cincuenta y un años de edad, en el convento de Bolonia.

En 1234, su gran amigo y admirador, el Papa Gregorio IX, lo canonizó.

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